domingo, 8 de marzo de 2020

Amantes, Artes Pláticas, Abandonos, Traiciones.


La edad madura.
Ricardo T. Ricci
SMT. 11 de enero de 2019
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Felizmente las obras de arte, como la vida, están abiertas a las más diversas interpretaciones. A la vida se le da por premiar o castigar esas interpretaciones, creo, que por ahora, a las obras de arte no.
Por eso, careciendo de toda formación en artes plásticas y valiéndome exclusivamente de mi sentido estético, me atrevo a comentar “La edad Madura” una hermosa escultura de Camille Claudel terminada allá por el año 1895. Tardó en hacerse pública, mucho más en hacerse famosa. Justamente parece ser víctima de un problema de interpretación, privado primero y público después.
Se las presento, ahora se encuentra en el museo de Orsay en París, Francia:

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La obra es de una época muy particular en la vida de Camille, también en la de su amante Auguste Rodin. Ella era muy joven, se había convertido en alumna y amante de su maestro a muy temprana edad, cuando él ya se encontraba en la cuarentena avanzada. Disfrutaron de temporadas más o menos prolongadas de un amor tan apasionado como secreto. La relación estuvo signada por un intenso erotismo, una pronunciada asimetría del poder y una marcada egolatría. Mientras se mantenía esta relación que para Camille era única, el escultor tenía un compromiso afectivo muy diferente. Fue un mujeriego empedernido, de promesa fácil y cumplimientos diferidos. Mantuvo a lo largo de los años una amante ‘oficial’, Rose Beuret, con la que finalmente se casó poco antes de morir ella algunos años después. De este modo Rose es la mujer que compite con Camille y la que resulta finalmente favorecida. Rodin abandona a Camille, una genial escultora, una bella y apasionada mujer, para continuar hasta el fin su relación con Rose Beuret, una mujer de carácter más dócil y servil. La encargada de preparar en estado óptimo, los  modelos de Rodin. Un detalle que no puede pasar desapercibido es que Camille fue inducida a abortar un tiempo antes de que se inicie el proceso de distanciamiento. 

Una mezcla explosiva de celos, erotismo, egoísmo, embarazo inoportuno, frenesí, capricho, imprudencia y quién sabe que otros aditamentos, desencadenó el infierno de Camille.
Cuando contemplo la obra escultórica con un conocimiento, seguramente incompleto, pero global de la vida de Camille, me surgen interpretaciones por demás interesantes y sugestivas. La historia parece estar a favor de que La edad Madura fue una obra bisagra. Antes de ella, pacto de amor luego de ella, ruptura, soledad y encierro de Camille en su casa atelier. Parece ser bisagra también para que Camille pase del estado de relativa salud psíquica, a una sistemática manía con rasgos persecutorios y de grandeza que motivó, al menos como pretexto, una internación en el manicomio que se prolongó durante 30 años hasta su muerte a los 78 años. Una historia tan desproporcionada  que llama profundamente la atención, que invita a observar y ocuparse de los detalles, que amenaza con permanecer para siempre en el misterio. Intentaré regresar a este tema al final de esta nota.

Mi aventurada interpretación: En la obra una joven trata de retener consigo a un hombre envejecido que es atraído hacia sí por una mujer de edad similar que lo toma con fuerza y parece susurrarle algo al oído. El vuelo de las ropas con el viento le da a la escena no solo dramatismo sino dinamismo. Una disposición hacia el futuro que se muestra irremediable y a la vez, vertiginosa. La actitud de la joven es implorante y su desnudez parece expresar sensualidad y a la vez desamparo, exposición, miedo. Podríamos pensar que la mujer susurrante representa a Rose que atrae hacia si a su codiciado hombre. A mis ojos también parece representar a la mismísima muerte que, interesada también, lo arrastra hacia un destino inexorable El hombre, no tiene la prominente barba de Rodin, por el contrario es un individuo enflaquecido, piel y huesos, los restos de un hombre que fue. ¿La pasión lo secó? ¿Lo que la mujer / muerte lleva para sí es solo lo que queda, un despojo? No lo sé.
Lo que parece evidente es que la jovencita que implora de rodillas tiene todas las de perder. Parece estar destinada a quedarse sola, sin amparo, a la intemperie. Parece mostrarse aún deseosa del hombre acabado, avergonzada por haberle dado todo, su buen nombre y virtud. Su actitud demuestra un apego que acaso interprete como el único resguardo ante la intemperie, la soledad y la cruda exposición a la hipócrita ‘moral social’.

Después de esto. Camille Claudel, brillante escultora, mujer bella y reconocida como un genio en su arte, distanciada de su familia que la considera pecadora y promiscua, se amuralla en su casa – atelier rodeada de infinidad de gatos. En ataques de furia destruye sus propias obras, incluso unos bustos de niños de recién nacidos a los cuales se dedicó luego de su nefasta decisión de hacer lugar a los pedidos de su egocéntrico y descomprometido amante. No salió de su casa durante un período de cuatro años. La razón que esgrimía es que debía cuidar su obra de los enviados de Rodin que por la noche entraban por las ventanas para robarlas y copiarlas, para que el escultor luego, se atribuyera su autoría. De su departamento la buscaron para encerrarla en un manicomio de parías primero y luego con el pretexto del comienzo de la Primera Guerra, en un asilo para locos cerca de Avignon. Allí luego de treinta años de ininterrumpido encierro, murió indignamente.

Hipótesis.
Camille se encierra por miedo, por pánico a la sociedad y los espacios abiertos. Actualmente diríamos agorafobia. Es que estoy obsesionado por explicar el motivo por el que una mujer en la flor de la edad, que no muestra rasgos de estar desquiciada, que persiste lúcida e inteligente, resiste estas instancias infernales. Ella misma afirma no soportar más los gritos, las risotadas estentóreas, las manifestaciones físicas extremas. Llama la atención que no haya intentado fugarse ni una sola vez. Espera ansiosamente que su hermano, su madre o el médico le permitan salir de ese lugar de tortura para llevarla a su casa, al menos al hospital Sainte  Anne famoso neuropsiquiátrico de París. En su ansiedad de libertad, parece conformarse con una emancipación condicionada, limitada, sólo parece desear un encierro más confortable.
Durante su estadía el Montverges no es calificada como una persona agresiva, interactúa con los médicos de manera frontal, con un lenguaje fluido y absoluta coherencia, no requiere medicación ni cuidados especiales. El mismo equipo médico recomienda a sus familiares la extern ación. ¿Por qué se avino, en contra de su voluntad, a permanecer allí hasta que ‘alguien’ la saque? ¿Tendrá que ver con la desprotección y la ansiedad con que la jovencita de “La edad madura” implora no quedar sola?

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“Alcanzada su madurez, el hombre está vertiginosamente atraído por la edad, mientras tiende una inútil mano hacia la juventud. Las figuras desnudas están envueltas en drapeados que acentúan la rapidez de la marcha. Las grandes oblicuas convergen en perspectiva.”[1]

 Resultado de imagen de la edad madura

Su  hermano Paul, eximio escritor consigna en su pequeña obra llamada “Mi hermana Camille”: "Mi hermana Camille, Implorante, humillada a rodillas, esta soberbia, está orgullosa, y saben lo que se desprende de ella, en este mismo momento, delante de su mirada, es su alma".[2]


Por ahora no he hallado el camino para comprobar mi hipótesis. Esos treinta años de pasividad obediente en una mujer de su carácter, me desvelan. Las numerosas cartas que escribió en ese período muestran su coherencia, persiste en el delirio persecutorio pero su aparato cognitivo y emocional parecen estar indemnes. No puedo explicarme por qué, en uno de esos paseos por las montañas cercanas a Avignon, no se mandó a mudar soltando definitivamente la mano que, seducida por la Parca, intentaba alejarse de ella.





[1] Comentario acerca de la estatua en la página web del Museo de Orsay. https://www.musee-orsay.fr/es/colecciones/obras-comentadas/busqueda/commentaire_id/la-edad-madura-2377.html?no_cache=1
[2]https://www.researchgate.net/publication/298194304_Ma_Soeur_Camille_The_life_and_oeuvre_of_Camille_Claudel_as_seen_through_the_diary_of_her_brother_Paul_Claudel

sábado, 7 de marzo de 2020

Cartas del diablo a su sobrino.


A propósito de “Cartas del diablo a su sobrino”
Ricardo Teodoro Ricci
San Miguel de Tucumán, 24 de julio de 2012

Querido lector:
Gracias por permitirme distraer parte de tu valioso tiempo y por prestar atención a estos humildes consejos.

Concretamente me dirijo a ti para aconsejarte, sin más rodeos, que no leas el libro “Cartas del diablo a su sobrino”. A mi juicio podría ser considerado difamatorio y mal intencionado.

La oferta editorial de la que hoy en día gozas, es tan profusa, variada y creativa, que leer esta obra escrita hacia el año 1941, resulta ser un anacronismo además de un despropósito. Tú eres consciente de que hay obras que perduran a través del tiempo sin perder un ápice de su vigencia, ésta no es una de ellas. Nunca podría ni siquiera aspirar a tal estima.

El de los diablos es un tema de extrema seriedad, que no se presta para ser tratado de la manera desfachatada y satírica que el autor usa para desarrollar este delicado asunto. Se trata de una obrita escrita por C. S. Lewis quien, hay que reconocerlo, fue un especialista en Literatura Medieval y se desempeñó como profesor en las universidades de Oxford y Cambridge. Sin embargo, es popularmente conocido por ser un escritor de fantasías, recuerda que su libro más celebrado es “Crónicas de Narnia”. En este caso intenta usar grotescamente su técnica, para desprestigiarnos mediante el uso de un humor mordaz y artero. Claro, no se puede esperar otra cosa de un converso. Ya sabes que los conversos se caracterizan por su fanatismo y apasionamiento a la hora de exponer sus ideas.
C. S. Lewis Intenta erróneamente, sustentar toda su obra en el arduo trabajo de los demonios para poseer, y engullir, el alma de un joven con el fin de acrecentar las huestes infernales. Antes de eso, debió haber intentado desarrollar seria y formalmente el tema de la tentación. Mira tú, que teniendo tanto trabajo el diablo en tentarte, va a intentar distraerte con las cosas nimias de la vida. Me pregunto: ¿A quién, más que a ti mismo, le interesan tus elecciones, tus decisiones, y las opciones que a cada instante tomas en la vida?

Puedes, sin temor a equivocarte, prescindir de este librito, ten por seguro que no te habrás perdido nada en absoluto. Las librerías están ahítas de publicaciones más recomendables, de hecho, cada vez se produce más literatura valiosa que sin dudas te entretendrá convenientemente, y hará que dejes a un lado por un rato las cosas que te ocupan en la vida. Lo sabes, no tienes tiempo para fantasías. El libro que te he descripto está, tan devaluado que puedes conseguirlo gratuitamente bajándolo de Internet, y de manera legal. Como sabes: entras en Google, lo buscas por el título, y te lo bajas en el formato que desees.

No te distraigo más, tu tiempo es extremadamente valioso. Ten por seguro que mi consejo apunta a cuidar de tu libertad, a salvaguardarte de seducciones vanas, y a colaborar en la consecución de tu propia felicidad. Lo sabes muy bien, lo que importan son tus éxitos y lograr el lugar de privilegio que te corresponde entre tus congéneres.

Con mis mejores esperanzas y anhelándote, me despido de ti

Escrutopo.        


viernes, 6 de marzo de 2020

Un relato de terror, de crimen y castigo.


Sustos de desayuno.
Ricardo T. Ricci
SMT, 10 de julio de 2019









Disfruto de un soberbio desayuno en el ABC; me he procurado una mesa apartada para poder leer algo en mi tablet mientras tomo mi café con leche con bollitos calientes y manteca. Es para mí casi un ritual, los días hábiles de la semana cumplo con esta cita que me permite entrar al día con la panza llena y el cerebro despierto. Esas son las dos mayores bendiciones a la que puede aspirar cualquier ser humano en esas primeras horas de la mañana. El ABC siempre está colmado, aún este selectivo aislamiento se ve invadido por algunas voces, inoportunas noticias televisivas, ruidos de vajilla, chiflidos de vapor de la máquina del café. Nada de eso resulta incómodo, todo suma para el calor local, y aporta para esa tan plácida sensación de estar en casa.

Mi atención, al no estar enfocada de manera excluyente, busca y rebusca datos interesantes para ella en el ambiente que me rodea. Sabido es que nuestro cerebro social se ha desarrollado sobre la base del chisme y la comidilla, bueno pues, se encuentra haciendo lo que mejor sabe hacer desde hace siglos, buscar información novedosa e interesante. Ya lo conozco y dejo que cumpla su cometido a piacere. ¡Qué rico está este bollito! Y sí, no nos está yendo bastante bien con el futbol, otra Copa América tirada a la basura.

“El tipo subía la escalera hasta el cuarto piso, ya había estado allí el día anterior. Si bien se cuidaba en extremo de hacer rechinar los escalones, la vieja escalera de madera daba testimonio sonoro de su desplazamiento. No, nadie lo ha visto. Viste con su abrigo largo de invierno, le produce mucho calor pero le permite disimular el hacha de filo reluciente que ha colocado bajo su axila izquierda. No sabés lo que sudaba ese tipo, tembloroso y pálido continuaba subiendo al departamento que ya conocía y que era su objetivo.”

La voz viene de atrás. No me fijé bien, creo que al sentarme no había nadie, no me parece correcto mirar hacia atrás, por lo menos por el momento. Mi aparato sensorial sigue los dictados de mi atención. La conversación, ciertamente interrumpida y discontinua, ocupa el centro de mi conciencia. Sé que no es correcto escuchar conversaciones ajenas pero… ésta me atrapa desde su inicio. ¡Che, después de todo esto no huele bien! Me reclino sobre el respaldo de la silla usando mi tablet como camuflaje, finjo estar absorto en la lectura de los vaivenes de la macroeconomía. En realidad, el tipo de cambio, la balanza de comercio exterior, el déficit fiscal, me tienen sin cuidado ahora. Sólo deseo saber qué pasa con ‘el tipo’.

“Golpea con sus nudillos e inmediatamente le abren la maciza puerta. Al ver la presencia de un hombre desconocido la vieja quiere cerrarla pero él se lo impide con un fuerte empujón. Está aterrado y a la vez decidido. La adrenalina que corre por su cuerpo debe ser máxima. Lo hace palidecer y a la vez acondiciona su corazón y todos sus músculos para el ataque.”

Che, esto se está poniendo pesado. Parece confirmarse que estamos ante el relato de un delito picante. ¿Y si estos fulanos de la mesa de atrás cometieron algún crimen, o fueron testigos de uno? ¿Qué es lo que corresponde hacer en ese caso? Me parece que lo más conveniente es dejar de escuchar o rajar. Sacarse ya el compromiso y el riesgo a una eventual complicidad.

“La usurera quedó paralizada, pero no soltó el pestillo aunque poco faltó para que cayera de bruces. Después, viendo que la vieja permanecía obstinadamente en el umbral, para no dejarle el paso libre, él se fue derecho a ella. La vieja muerta de miedo no pudo pronunciar una sola palabra y se quedó mirando al joven con los ojos muy abiertos. Le traigo..., le traigo... una cosa para empeñar... Pero entremos: quiero que la vea a la luz. Con ese pretexto se encaminó hacia adentro de la estancia. ¿Qué me traes? Una pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí. Pero, ¿qué te ocurre? Estás pálido, las manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?”
“La vieja tomo el atadillo y comenzó a desatarlo, le resultaba imposible, un poco por las ataduras y un poco por el temblor de sus manos. Tanto la ocupaba esta tarea que por un instante se olvidó de él.
Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.”

Esto es tenebroso, se está pasando de la raya. Es un crimen atroz contra una persona totalmente indefensa, una anciana sola en su departamento. Y aunque se pudiera defender es atroz, le partió la cabeza de un hachazo. ¿Es que debo permanecer impasible en este estado de cosas? Che, estoy asistiendo al relato de un crimen atroz, quizás a la mismísima confesión del hecho. Quizás es el diálogo entre el criminal y su abogado defensor. Quizás el diálogo entre el que cometió el crimen y el que hizo de campana mientras el otro estaba arriba, en el cuarto piso. Tomo conciencia de que el que está pálido soy yo, que el que suda soy yo, que el que no sabe qué hacer soy yo. ¡Qué situación horrible, una es contarla y otra es vivirla! ¿Quién me manda a escuchar conversaciones ajenas? ¡Qué angustia carajo! ¿Qué hago?

“Le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. Dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves… Como había supuesto, una bolsita pendía del cuello de la vieja. También colgaban del cordón una medallita esmaltada y dos cruces, una de madera de ciprés y otra de cobre. La bolsita era de piel de camello; rezumaba grasa y estaba repleta de dinero… Pero cuando empezó a revolver los trozos de tela, de debajo de la piel salió un reloj de oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre los retazos del fondo aparecieron joyas, objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados todavía: pulseras, cadenas, pendientes, alfileres de corbata... Con manos temblorosas juntó lo que pudo y sin seleccionar. Se encaminó hacia la puerta, para huir. En la habitación contigua, junto al cadáver estaba la hermana discapacitada de la occisa. Tenía en las manos un gran envoltorio y contemplaba atónita el cadáver. Estaba pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para gritar. No atinó a hacer otra cosa…se abalanzó contra ella. El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio.”

Tiemblo de arriba  abajo. Nunca pensé ser testigo de una situación tan comprometida. La voz del relator se torna grave, opaca, en un volumen cada vez menor. Pienso que sin dudas está implicado de algún modo, quizás siente el peso atormentador de la culpa.

“Se arrojó sobre la puerta y echó el cerrojo. «Acabo de hacer otra tontería. Hay que huir, hay que huir...»”

¡No doy más!, me levanto de mi silla y doy un giro decidido y amenazador. Me enfrento a ellos. De pronto los veo, dos individuos corrientes, jóvenes que me miran sorprendidos y aterrorizados. Un energúmeno - yo - fuera de sí los enfrenta amenazante en un bar cualquiera a las ocho y media de la mañana.

 En ese momento veo que el de la voz grave tiene abierto “Crimen y Castigo” de Dostoievsky en la página 173. Avergonzado, repito para mí aquellas palabras: Hice una tontería, debo huir, debo huir.   
 

jueves, 5 de marzo de 2020

Me quedé pensando señora Oruga


Me quedé pensando señora Oruga…
Ricardo T. Ricci
SMT, 17 de octubre de 2018





En estos días pasados usted, de manera un tanto prepotente, me hizo esta pregunta: “¿Quién eres?”. Me tomó por sorpresa, quedé un poco desconcertada en un medio que no lograba entender, no atinaba a descubrir su lógica en caso de que en verdad la tuviera. Me costó amoldarme. Justamente en el momento de nuestro encuentro yo estaba teniendo problemas con mi altura, no tenía dominio sobre las dimensiones de mi cuerpo, mi situación era totalmente inestable. La inestabilidad del cuerpo va seguida necesariamente de la de la mente, ya sabe usted que la mente es también cuerpo. Había tomado no sé qué brebaje que me tenía  a mal traer con mis dimensiones, pasaba de tener su altura señora, más o menos doce centímetros, y al rato mi cuello se elevaba por encima de las copas de los árboles y se me confundía con una enorme serpiente.

En ese contexto delirante, viene usted y me pregunta quién soy. Yo le contesté que no lo sabía, que a la mañana me había despertado recordándolo, pero que ahora dadas las circunstancias no lo sabía, tal era la fugacidad y la inestabilidad de mis estados. Se acuerda ¿no? Soy Alicia, y ahora ya me encuentro en casa luego de haber disfrutado y sufrido a la vez, ese lugar del sin sentido en el que usted vive. Ahora, ya más tranquila, pienso y repienso acerca de los encuentros delirantes que tuve y comienzo a convencerme que no lo fueron tanto, y que me ofrecen pistas para ver de otro modo temas que consideraba solucionados y agotados. Temas que pensaba, pertenecían a una realidad inmutable de absoluta certeza, y que ahora observo con cierta saludable perplejidad.

Por ejemplo, el encuentro que tuve con usted. Como le recordé hace instantes me quedé pensando en su pregunta, que no por cotidiana deja de ser inquietante. Hoy pienso que usted es la persona menos indicada para presumir de cierta estabilidad de vida, no se puede decir que el estado de oruga sea precisamente un estado de quietud  y duración. Usted, cuando conversamos, acababa de ser larva y se aprestaba a ser mariposa un tiempito después. Me preguntó quién era, produciéndome malestar al advertir mi propio estado de fugacidad cuando usted misma tiene contados los minutos para ser quien es. Menudo desparpajo el suyo ¿Usted ya era doña Oruga siendo larva? ¿Seguirá siéndolo cuando tenga alas de hermosos colores? ¿Es que podemos hablar de una permanencia de la identidad como para contestar hoy que soy A, y mañana que continúo siendo A y no B?  ¡Mi querido amigo el señor Charles LutwidgeDodgson estaría feliz si me viera razonando con esta formalidad!

Resulta mi querida señora Oruga, que todo este tiempo que pasamos en esta biblioteca, mucha agua ha pasado bajo el puente de la identidad. Se pensó que los genes, la información en ellos contenida era inmutable y poseían una marcada determinación. Pues no es así. Nuestra dotación genética se manifiesta parcialmente, y esa manifestación tiene una marcada relación con el ambiente que nos rodea. ¡Sabe qué! No sólo con el ambiente físico o biológico que nos rodea, también con el social. Eso me encantó, lo social nos modifica permanentemente. Por lo tanto, mi querida señora, yo no soy ahora la misma que antes de conocerla, y por supuesto que con usted ocurre algo similar. Se trata de un proceso adaptativo aún más rápido que su esperada metamorfosis. A propósito… ¿siente en sus células el proceso del cambio? Obviamente no es mi caso, yo no seré mariposa, pero cambio con la misma rapidez que usted. Las células que me conforman se eliminan y nacen otras nuevas que las reemplazan, y luego otras más y luego otras más aún. Como las víboras cambian de piel, todos cambiamos permanentemente las células, los órganos y los sistemas que nos constituyen. Otro tanto pasa en el cerebro, por lo menos en el nuestro, no conozco tanto acerca del cerebro de las orugas. Cambian nuestras células, se modifican las conexiones, lo que sirve y se usa, se fortalece, por el contrario lo que está en desuso es podado o modificado. Hay unas ramificaciones de las neuronas(las células del sistema nervioso), que se llaman dendritas; es increíble ver con la rapidez que se modifican, con la que crecen, con la que multiplican sus ramitas. En esas células, en las conexiones que hay entre unas y otras se localiza nuestra memoria en forma de complejos químicos de cierta estabilidad. Esa es la memoria llamada a largo plazo, la que permite que cuando el Sombrerero Loco o La Reina de Corazones dicen: ¡Alicia!Yo –ese mí mismo tan venerado – reaccione dándose la vuelta hacia la llamada. Es lo que le permite a usted  abstenerse de reaccionar si el llamado es el mismo. 
Ahora, mi querida Doña Oruga: ¿Intuye usted la fragilidad del fundamento biológico de nuestra identidad? La fugacidad, la insustancialidad, la sutileza es su característica fundamental. Nuestro Yo vive en el reino de lo improbable, como la vida. La suya o la mía, la del planeta entero.


Y usted tiene el desparpajo irreverente de preguntarme quién soy. Soy Alicia señora mía, la increíblemente débil y fugaz, y a la vez aquella que, desde esa realidad paupérrima común a toda la humanidad, aspira a conquistar las estrellas, la que pretende entrometerse entre las partículas subatómicas e insiste en querer saber qué ocurrió antes del Big Bang. Soy Alicia, la que con recursos limitadísimos aspira a poner algo de orden en este país del sinsentido en el que es común ver un gato sonriendo y lo que es más, seguir viendo la sonrisa aunque el gato se haya ido. Mi querida señora, ahora la dejo esperando que mañana, cuando sea mariposa, se digne a reconocerme y me guiñe un ojo para que yo, a mi vez, la reconozca.

miércoles, 4 de marzo de 2020

¿Está enfermo Martín?


¿Está enfermo Martín?
Ricardo T. Ricci
San Miguel de Tucumán 4 de febrero de 2019
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En una pequeña librería de Maldonado me distraigo observando los títulos en la sección de Filosóficos y Ensayos. Sólo me distraigo, los precios ponen mucho empeño en disuadirme de llevar adelante compra alguna. Bastante provista, la librería me propone más de un título interesante en el escasísimo espacio que el centro de compras le permite ocupar.

Justo a mi lado, un niño mira y remueve por sus lomos libros en el mismo sector en el que me encuentro. Es un changuito más apto para los Backyardigans o para la Linterna Verde que para las obras sesudas, tal es mi prejuicio. Oye, ¿te gusta leer? Si señor me encanta, las librerías son mis lugares favoritos. Y ¿qué te gusta leer? Ah, me encantan los filósofos, ya me he leído a Aristóteles, Paltón y Descartes.

Se llama Martín, tiene doce años, el pelo revuelto, una mirada franca, directa, inocente. Todavía lleva puesto el short de baño y una remerita ajada, es que recién viene de la playa Brava que se encuentra muy cerca, sólo a tres o cuatro cuadras. Me llama mucho la atención su predisposición al diálogo con un adulto desconocido. En estos tiempos de forajidos desbocados de todo tipo, que un niño acepte compartir su inocencia con un adulto, es una bendición en sí misma.
Cada uno sigue por sigue por su lado, me distraen algunos textos de Foucault, Barthesy uno hermoso de Walter Benjamin, pero me son inaccesibles. Ya los buscaré por internet, acaso los consiga gratuitos en PDF. Me acerco a la caja para preguntar el precio de una novela de Enrique Vila – Matas en edición de bolsillo. Allí coincidimos nuevamente con Martín; él pregunta por el precio de una edición de tapa dura de la Crítica de la Razón Pura de Emmanuel Kant. La cajera le da un precio exorbitante y le advierte que está reservado para un cliente. La cara de decepción de Martín es manifiesta. Un señor “Prudencio” que se encuentra detrás de él en la fila le dice: “Eso estás por leer, mirá que de allí no se vuelve”. ¿Leíste a David Hume?, te conviene hacerlo antes, de Kant no salís más. Martín le agradece y con carita de frustración regresa a las estanterías.

¡Martín!, ¿dónde estás?, un señor de mediana edad llama desde la puerta del negocio. Buen día, ahí está adentro Martín. ¿Es usted el papá? Ante la señal de asentimiento: ¿Sabía usted que tiene un hijo notable? ¿Realmente ha leído todo lo que afirma haber leído? Si, se pasa el día leyendo. Todo comenzó con la serie esa, Merlí, luego vinieron los libritos para principiantes, esos con dibujos, ¿vio? Se los leyó a todos. Luego Platón, Aristóteles y ahora últimamente Descartes. ¿Y usted mismo lo guía? No, prefiero no hablar con él de esto. En realidad no sé si es que prefiero no hacerlo o me resulta imposible. Estoy muy preocupado por Martín, con todo esto de los libros se está alejando de sus amigos. Casi no sale con ellos, lo buscan y nada, siempre pone escusas. Lo veo como ido, como que está viviendo en su mundo.

Mire…la de su hijo no es una vocación frecuente, intervino Prudencio. En realidad es más bien rara. Si usted no puede hacerlo, es recomendable que alguien lo guíe. Es importante ayudarlo para que, a dosis justas, avance sólidamente.

¿Será que el niño está enfermo?

“El punto inicial de todas las búsquedas es, para el Santo de Aquino, la famosa frase de Aristóteles; “Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”[1]“Primero al hombre lo desvela el deseo de conocer la realidad, segundo, así como el fuego se inclina a calentar las cosas, el hombre se inclina a saber, a entender, tercero, sólo el intelecto nos permite intentar unir nuestro fin con nuestro principio.”[2]

Es totalmente natural que lo haya picado el bichito de la curiosidad. Lo que Martín tiene de original es que no ha desoído esa llamada. Los ruidos del mundo y de la edad no lo han ensordecido.
Martín en efecto está enfermo. Está enfermo de esa sed insaciable que promete ser aplacada por el próximo libro. Luego tendrá que venir otro porque no lo logrará. Luego otro, y otro, hasta siempre. En el caso de que no se cure, vivirá ansiando esa prometida gota de lluvia que sólo aliviará momentáneamente su sed.

Camille Claudel ansiaba llevar a cabo la escultura perfecta. Renunció a todo, se encerró para lograrla, rompió con todas las convenciones. La internaron “enferma” en un sanatorio de alienados. Los “sanos” la mantuvieron 30 años allí hasta que falleció.

Y usted que opina, ¿qué hago?

No aplicaría ninguna vacuna, ni haría ningún tratamiento. Buscaría un Maestro que lo guíe con prudencia. Eso sí, esto puede llevarle a usted la vida entera.
Cariños a Martín.






[1]Manguel, A. “Una historia natural de la curiosidad” Siglo XXI, Buenos Aires, 2016.
[2] Adaptado de la cita anterior. 

Para encarar una correspondencia fructífera. Consejos de Lewis Carroll

El correo vintage.
Ricardo T. Ricci
San Miguel de Tucumán, 5 de febrero de 2019.







Ayer me decías que nadie te entiende cuando escribes un correo o un mensaje de texto en el que preguntas, solicitas algo o propones un plan de acción. Con frecuencia he oído quejarte porque Fulanito o Menganito no tienen la capacidad de entenderte o no son lo suficientemente despiertos. Protestas porque tienes tanta tecnología a disposición y las comunicaciones son tan ágiles, que el ser humano ha quedado rezagado, a tu juicio. La mensajería actual parece funcionar bien mientras los contenidos son breves, escasos o con emoticones. Pululan los OKs, los Likes y se dan por sobrentendidas muchas porciones de la comunicación. Para un e-mail, o un mensaje relativamente formal, las cosas son diferentes. Cuando se quiere aplicar el intercambio limitado y espasmódico a cuestiones que requieren más información, ocurren los fracasos de los que tanto te quejas.

Sin que me lo hayas pedido explícitamente te voy a dar algunos consejos que son como las lentejas de la abuela, si quieres te las comes y si no, las dejas. Al final te voy a contar quien me los ha soplado en el oído.
1.     Cuando inicias una conversación es conveniente hacer alguna referencia a un encuentro anterior, a algún intercambio anterior, incluso a un tema tratado con tu interlocutor en una ocasión previa. Es una gran cortesía ofrecerle a tu interlocutor una pista concreta respecto del tema o el tenor de la conversación textual que está por comenzar.
Carlitos querido, te escribo con referencia al encargo que te hice la semana pasada, las famosas semillas de soja de las que hablamos. Juana, hola, ayer te escribí por el turno para Juancito, ¿te acordás?

2.     Ojo, tampoco des tantos detalles como para que repitas por completo lo que ya dijiste. Tu interlocutor puede interpretar que no confías en su memoria o por el contrario que la tuya es deficitaria por completo. En todo intercambio comunicativo humano lo dicho, dicho está. Se puede enmendar, aclarar, corregir, explicar, etc. Pero lo dicho no se borra.
Si, ese lote de semillas que incluía las del tipo A que me la dejabas a $100, las del tipo B a $125 y finalmente las del C a $130. Era para el campito de La Hollada, ese que lo administraba mi viejo y ahora lo estoy manejando yo. ¿Viste?

3.     Nunca escribas en caliente, ni respondas mientras los controles de tu cerebro ejecutivo estén en manos de la ira. Espera, espera un poco. Relee lo que has escrito y haz como si estuviera escrito para vos mismo. ¿Qué pensarías de quien lo escribió? Aguarda, tomate un tiempo, vas a la heladera en busca de un vasito de agua, te lo tomas y regresas. Quizás ya veas las cosas de manera diferente. Si eso no te aplaca, contesta mañana, no pasa nada. El amigo que me enseñó estas cosas acerca de los correos y las comunicaciones, solía decir: “lo que tiene picante y pimienta rodéalo de miel.”
Mirá Carlos, he estado pensando en lo que me escribiste ayer y me parece que hay varios modos de entenderlo. El modo más benefactor y más adecuado a la historia que nos une, puede atribuirse a un malentendido. Me encantaría precisar los términos de lo dicho encontrando el modo más conciliador posible. ¿Te parece intentarlo?

4.     Cuando dudes acerca del modo en el que te vas a dirigir a tu interlocutor déjate aconsejar por la cortesía. Ojo no la cortesía de los cortesanos, esa empalagosa y lisonjera. Tampoco la de las cortesanas, esa mentirosa e interesada. La cortesía del respeto, esa que cuida el lugar que cada quien ocupa en el contexto de lo social.
Estimadísimo Señor, recurro a su caballerosidad y condición de ciudadano respetado por todos, para que tenga la generosidad y la condescendencia para con un servidor y se digne a echar llave a la puerta común del edificio cada vez que se dirige a sus muy dignas tareas matutinas. Esto suena muy remilgado, anacrónico y seguramente será interpretado como una ironía de mal gusto.

5.     Deja siempre las puertas abiertas a posibles respuestas. No pretendas tener la última palabra. Aunque ya hayas dicho todo lo que tenías para decir, incluso tu posición final respecto de cualquier tema, no intentes poner el punto final. Es conveniente que tu interlocutor perciba que no has cerrado el diálogo y que el intercambio permanece abierto.
Carlos, vos sabés que yo pienso así. Algunos me dicen que estoy equivocado, que debo actualizar mi pensamiento. Me parece correcto, siempre hay que estar dispuesto al cambio, por ahora es lo que puedo hacer. Intercambiar ideas contigo siempre es bueno y me hace bien.

6.     Ten en cuenta que el humor es muy difícil de transmitir por escrito. Cuando uno cuenta un chiste, responde con una ocurrencia divertida, o hace alguna apreciación burlona, el lenguaje corporal es de una enorme ayuda. Un guiño, un movimiento del cuerpo, un gesto con las manos pueden darle al interlocutor la pista de interpretación humorística. Eso ocurre con mucha dificultad en un escrito. Para eso se han inventado los emoticones o el muy irritante jajajajaja. Ten cuidado de expresarte con demasiada familiaridad y escribir frases que suenan graciosas para vos.
Carlos, vos sabes que a mí me importa un pito lo que me dices, jajajaja. ¡Dame los consejos que quieras, lo mismo los voy a tirar a la basura, jajajaja!

7.     ¡Ah…muy importante! No te olvides de sumar los adjuntos a tu texto principal. Nos ocurre con demasiada frecuencia que nos expresamos con corrección en el cuerpo del mensaje y hacemos el anuncio de que vamos a adjuntar un texto y luego no lo hacemos. En general el mensaje en su totalidad o parcialmente es un preludio de lo que se va a agregar, no hacerlo representa una desatención. Quizás resulte violento para nuestro interlocutor poner en evidencia nuestro olvido. Conviene entonces echar un último vistazo a nuestro mensaje antes de apretar SEND.

8.     Si vas a usar una Post Data (PD), que sea muy breve y no contenga el verdadero motivo por el que fue escrita la carta o el e-mail. El recurso de la PD es maravilloso. Nos permite hacer un último agregado, algo que se nos pasó, una cortesía o referencia final. Un saludo especial o algo similar. Nunca extensa y menos con el verdadero motivo de la comunicación.
PD: Papá, aprovecho esta carta de saludo para comentarte una última cuestión. En realidad necesito que me prestes unos quinientos dólares ya que me están haciendo falta para llegar al Ethios que hace tiempo te comenté. Te ruego consideres la posibilidad de prestarme ese dinero. Te prometo que durante el año te lo devolveré en dólares también, mediante transferencias bancarias mensuales. Te paso mi CBU 342563987486326756. Gracias Papá.


Estos consejos que me parecen de suma utilidad para una correcta y fértil comunicación en pleno siglo XXI, me los compartió un inglés. Cuando no, los ingleses son los devotos inventores del correo moderno. Su imperio se construyó mediante cartas que iban y venían de y hacia las colonias. A Lewis Carroll, el inglés a quien hago referencia y que vos seguramente recuerdas como el autor de Alicia en el País de la Maravillas, no le interesa tanto la etiqueta epistolar como establecer una ética de la correspondencia como una muestra de civismo. 
Podríamos decir: Escribo correctamente para instalar un confortable intercambio social en el que prime el respeto al otro como horizonte ético. Hacer un culto del “buen escribir” tiene un verdadero valor docente de civilización y sabiduría incluso cuando es aplicado a la vorágine comunicativa del nuestra época.

Finalmente agrega unos consejos acerca de cómo terminar las cartas. Recomienda observar primero como se ha despedido nuestro destinatario y luego proceder nosotros a un saludo similar, no es incorrecto ser incluso más afectuoso sin caer en lo edulcorado.

Muy señores míos, un servidor ha tenido el placer de compartir estos consejos con vosotros.
Muy amistosa y agradecidamente.
Ricardo